Travesía a lugares insospechados en tiempos de escasez (o una estadía en casa).

miércoles, 18 de diciembre de 2013

El pensamiento platónico

El día que llegó a la universidad no divisó prácticamente a nadie. Así mismo transcurrió su primer año, como un pichón arrancando de un gato hambriento, con los papás ya lejos del nido, obligado a crecer. La ciudad natal era abismalmente diferente de esta pequeña metrópolis. Primero y principalmente, el clima era muy diferente, mucho más cálido, aunque siguiera siendo costa.

Estaba a punto de considerase asexuado. Durante un año no se preocupó de mirar a sus compañeras, se remitía a estar de acuerdo con los comentarios de sus amigos con respecto a las féminas, pero nada más. Mientras el resto jugaba League of Legends o se dedicaba a competir entre sí por quién ligaba más en las noches de juerga... él no sabía realmente lo que hacía.

Un día cualquiera, su -yo interno- se aburrió de su capa visible y decidió mandarle señales, bien claras. Se dedicó a elaborarle un sueño confuso pero claro a la vez y de no ponerle distracciones en la mañana, después de despertar, para que no se le borrara el mensaje. En resumidas cuentas, estaba en un lugar desconocido en una fiesta, con la actitud de siempre, pero las escenas se centraban en primeros planos hacia una de sus compañeras. Verónica, creo que se llamaba Verónica. Sí. Luego de un par de escenas surrealistas empujando carretas cerro arriba, guiando a las vacas a la salvación y fumando en el auto de un amigo desconocido, se dio fin al sueño.

Después de eso, la base de datos se le actualizó, por fin. Recordó a sus compañeras casi como una lista de perfiles de facebook, sus estados sentimentales, sus gustos musicales.

La Vero era una muchacha linda. Casi muy linda como para que él pudiera imaginársela por sí mismo. De hecho lo era. Tenía un par de piercings, siendo que a él no le gustaban. Tenía tatuajes, siendo que a él le intimidaba la idea de tener un miserable manchón en su piel. Se maquillaba muy bien, siendo que él no entendía nada de eso y ni se preocupaba, por lo demás. Su sonrisa era maravillosa, siendo que él odiaba las sonrisas de las mujeres de manera incomprensible. Tenía un cuerpo casi perfecto, siendo que a él le generaba cierta apatía las mujeres de figura casi perfecta. Tenía un carácter fuerte, siendo que él era débil como cualquier hoja otoñal. Era extrovertida y social, siendo que él era lejano y quisquilloso.

No era nada que buscara, quizá jamás.

Cuando almorzaba solo, ya había cambiado algo, ahora ya no estaban los fideos con huevo, ahora había un chapsuí de pavo, sacado desde lo más profundo de sus entrañas cocineras... y de internet. No lo notó, claro está, pero fue un primer paso. En esa pequeña rutina diaria, casi sagrada, empezó a darse cuenta de las imágenes

- Puta que es bonita la Vero.

Fue un avance enorme, no dejó de pensar y de actualizarse de ella. No era un psicópata en potencia, sólo utilizaba de una buena vez sus habilidades para leer a la gente. Cuando finalmente se dio cuenta que no era nada raro pensar en ella se dio su propio veredicto.

- Ella es hermosa, no hay duda de eso; no estaremos juntos, no le intereso y creo que no me interesa estar tras alguien sideralmente más interesante que yo; nunca llegaré a ser su mejor amigo; no creo ser el primero en pensar en ella.

Después de eso, se sintió sorprendentemente muy bien. Tener un pensamiento platónico le cambió su vida: habían cosas bellas y las conocía, sólo debía ponerles atención. Suena como un cambio gigante, pero en realidad su vida era tan vacía que cualquier pequeñez le generaría una torre gigante. Y así fue, la Verónica nunca se enteró, él tampoco sufrió por no contarlo.

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